Un momento en la vida eclipsa todos los otros. Deseamos muchas cosas – salud, propiedad, placer, saber, victorias, un buen nombre, monumentos – pero aquel momento las hace parecer pequeñas, insignificantes. Desde luego, estoy hablando del instante cuando expiramos.
Al escuchar que Jesús expiró, nos hemos hincado . Ningún otro hombre hizo las cosas que él hizo. Como dijo el soldado, “De veras, este hombre era Hijo de Dios.” Sin embargo como ser humano expiró.
Jamás me olvidaré el momento final de mi papá. Era el 21 de noviembre, unos días antes de Acción de Gracias 1995. Mi mamá y yo llegamos al hospital alrededor del mediodía. Después de darle Comunión como Viático (comida para el viaje) mi papá levantó la mano y tocó la mejilla. Mamá lo besó y él cerró los ojos. Junto con mi hermana y sobrino, nos arrodillamos al lado de la cama. Su respiración se hizo más y más lenta, hasta las tres de la tarde, cuando terminó. Como Jesús, respiró por última vez, entregó su espíritu.
Mas allá de las emociones generadas en sus parientes y amistades, ¿Qué significado tenia su muerte? Solamente se puede contestar con relación al hombre cuya muerte conmemoramos esta semana.
Un joven de Sagrada Familia está muy enfermo con cáncer. Me describió sus dolencias terribles. Le pregunté si estuviera ofreciendo su sufrimiento a Dios. “Sí,” me dijo, “lo hice explícitamente en una reunión. Para la reparación por pecados y el regreso de católicos que han abandonado su fe.” Unas semanas después de hacer su ofrenda, un vecino, que estaba alejado de la Iglesia por muchos años, decidió asistir a la misa. Hizo una confesión y ahora está buscando reconciliación con su hijo. La esposa del hombre le contó a mi amigo el cambio en su marido – un cambio que le asombró y llenó de alegría.
La cosa más poderosa que se puede hacer es unir los sufrimientos con los de Jesús. Los grandes santos hablan del poder de los sufrimientos ofrecidos a Dios. Cuando Jesús llamó a Pablo, no le dijo que iba ser un gran predicador o que escribiera cartas magnificas, sino “cuanto tendría que sufrir por mi nombre.” (Hechos 9:15)
No quiero hablar mucho de esto porque he sufrido muy poco en comparación con otros. (Quizás el Señor, sabiendo que soy cobarde, me ha engreído.) No obstante, estoy convencido que mucho sufrimiento esta desperdiciado porque en vez de ofrecerlo a Dios, lo resentimos. Al comenzar la Semana Santa, ¿Por qué no llevar la pena o angustia que experimentamos al Señor? En Él descubriremos su valor – y su poder.
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